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Un animalismo subalterno

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Autor: 
Mateo Cordoba, colaborador para Mujer Fariana

Hay causas que no encajan en el molde, que no ven la luz en semilleros de investigación ni grupos de discusión. Causas que no nacen de la definición táctica de un partido ni de alguna asamblea de un movimiento que sintetiza alguna coyuntura concreta. Sin embargo, no son causas huérfanas, sino, al contrario, expresión auténtica de una realidad sociológica que desborda a los partidos, los movimientos, las aulas o cualquier plataforma con algún nivel medianamente orgánico.

La irrupción del animalismo en el escenario de la política ha sido, cuanto menos, imponente. Como teoría política, como movimiento social o como marco ideológico, ha alcanzado una centralidad política y social de tal magnitud que en muchos países ya es entendido como uno de los tópicos que divide determinantemente los proyectos políticos en disputa: quienes están con la protección y el bienestar animal, y quienes ignoran dicha discusión. En éste último bloque se pueden encontrar tanto agrupaciones de derecha como de izquierda. Organizaciones que prescinden del animalismo por anacronismo político o porque no empalma mínimamente con sus rutas ideológicas.

Sin embargo, el animalismo hoy hace parte del cambio. El escenario de la política está asistiendo hoy al fortalecimiento de una de las causas que le permitirán a las fuerzas políticas alternativas y progresistas reformular sus planteamientos organizativos y estratégicos en perspectiva de futuro y aglutinamiento de las y los jóvenes que faltan. Cuando las formaciones políticas del cambio se encontraban buscando la fórmula para reincorporar a la juventud a la democracia y la disputa política, apareció el animalismo que, sin un carácter orgánico aún, empieza a fungir como puerta de entrada de amplios sectores, populares y burgueses, a la movilización ciudadana, la organización partidista y la contienda electoral.

La estrategia de blanqueamiento de las fuerzas conservadoras adaptando el discurso animalista a su narrativa es fiel muestra de que el animalismo es hoy una realidad social y política inevitable para cualquier espectro ideológico. El triunfo sociológico está consumado, la protección de los animales es hoy una línea divisoria entre el éxito y el fracaso de las los proyectos políticos en combate. Lo anterior, sin embargo, no significa que en el animalismo resida un músculo electoral determinante, pero sí es una causa capaz de renovar discursiva y organizativamente a las formaciones políticas, objetivo que persiguen todos los partidos y movimientos en la batalla por las simpatías juveniles y subalternas.

Así como con el ecologismo, para erradicar la violencia y contra los animales no-humanos es fundamental un animalismo instalado como sentido común en la sociedad. Pero para consolidar al animalismo como un fortín político y social de la lucha contra el neoliberalismo, es necesario pasar de un animalismo de sentido común a un animalismo orgánico al cambio, fin que no necesariamente se logra emplazando al movimiento animalista dentro de estructuras partidistas, sino reconociendo en la causa y la ética animal una parte integral de la impugnación y la lucha contra el capitalismo. Quizás esto empiece aceptando que la crítica animalista al sistema económico, político y social contiene elementos conceptuales innovadores y revolucionarios que brindan la oportunidad a las fuerzas del cambio de profundizar su examen del modelo neoliberal y llevarlo a otros públicos.

El animalismo hizo parte de la fuerza popular que en España impulsó a Podemos, en Francia ayudó a consolidar la Izquierda Insumisa o en Colombia fue determinante para el progresismo de Gustavo Petro. Lo anterior no quiere decir que el animalismo como movimiento social se haya disuelto en formaciones políticas alternativas, sino que los liderazgos animalistas han logrado sentar las bases ideológicas de la ética animal en los proyectos políticos progresistas. Aunque líderes conservadores y reaccionarios intentan disputar la sensibilidad y el voto animalista, son los programas social-demócratas, progresistas y revolucionarios quienes empiezan a hallar la ruta para atar la crítica animalista al capitalismo y la crisis ecológica con la construcción de una voluntad popular para cambiar las cosas.

En Colombia, sin embargo, mientras el animalismo se fortalece como movimiento social, persisten fuerzas de izquierda que se niegan a reconocer la necesidad política de incluir la ética animal en su agenda de discusión y movilización. No son pocos los líderes de izquierda que han despreciado la movilización animalista como si se tratara de una agenda coyuntural y de la cual no se puede recoger ningún elemento para robustecer la lucha contra el capitalismo, la guerra y la corrupción. En otras latitudes esta actitud ha producido no sólo el envejecimiento de los partidos de izquierda, sino un ‘boom’ de partidos verdes y animalistas que entran a disputar electoralmente con partidos revolucionarios y plataformas populares. Sin embargo, si la izquierda colombiana no quiere entrar en desgracia, todavía hay tiempo para una reformulación ideológica de sus partidos que renueve sus posibilidades de gobernar, y allí el animalismo, como el feminismo o el ecologismo, debe ser pieza angular. En Bogotá, por ejemplo, una izquierda que no incluya en su discurso y su programa un rechazo tajante a la corridas de toros va a renunciar, sólo de entrada, a uno de los ejes que en los últimos años ha marcado la política distrital.

Pero ojo, el animalismo no es una crema antiarrugas para partidos urgidos en épocas electorales. La relación ser humano/naturaleza, la soberanía alimentaria o la salud pública, son dimensiones en que la las y los animalistas han construido mucho a fuerza de reflexión y movilización. El acumulado ideológico del animalismo como “nuevo” movimiento no es nada despreciable. No se trata sólo de ‘nuevas ciudadanías’ que rechazan con vehemencia el maltrato contra los seres no-humanos. El animalismo, en sintonía generalmente con el feminismo, ha logrado estructurar un balance propio de la crisis climática, a la vez que impulsa una crítica distintiva contra la globalización y el modelo económico alejándose del antropocentrismo y las doctrinas del desarrollo sostenible. El mundo en cinco (5) años no se va a parecer al que conocemos hoy y colectivadades como FARC, el POLO o la Colombia Humana necesitan renovar sus planteamientos, girar hacia la ética animal y no cederle dicha agenda a la derecha que no bebe del animalismo para cambiar las cosas sino para adornar su conservadurismo.

Al animalismo le queda por delante el reto de profundizar el triunfo sociológico, el del sentido común, para seguir manteniendo la capacidad de agencia en el tablero político, a la par que se consolida como una fuerza orgánica al cambio, que reconoce en la violencia contra los animales un carácter estructural e interseccional, para actuar de acuerdo a ello y avanzar hacia la construcción de una identificación animalista de signo popular, ecologista, antipatriarcal y anticapitalista. No más animal-washing para reaccionarios y enemigos del pueblo. Ahora es el momento de un animalismo subalterno.

 

 

 

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