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Repensar el consumo

Español
Autor: 
@lita_rubita

En la década de 1870 la economía obvia las relaciones sociales que determinan el valor, por ejemplo, del trabajo doméstico, concentrándose en el mercado y generando una matriz de pensamiento en donde se anula el análisis del vínculo entre la producción de bienes en el mercado y la reproducción de la fuerza de trabajo en los hogares. De esta manera la exclusión del trabajo doméstico va formando parte de los pilares de la teorización del capitalismo.

La norma de la producción se construye a través del homus economicus: el hombre blanco, occidental, burgués, heterosexual, sin diversidad funcional. Todo lo relacionado con su comportamiento social y fisiológico se convierte en lo normal. Las mujeres, especialmente las de color, no somos parte de esa normalidad y en muchos casos la contradecimos, convirtiéndonos en lo otro.

Además de ser excluidas como capa social que llega a determinar la fuerza de trabajo, debemos tratar de lograr ser “como el hombre” (es decir, normales) al tiempo que “aportamos” al sistema económico como consumidoras. La economía del cuidado (todo lo relacionado con el cuidado del hogar, los hijos y las hijas, las personas de tercera edad, etc.) queda invisibilizada y el adoctrinamiento de nuestro cuerpo se genera – entre otras acciones y situaciones− por la búsqueda de la normalidad, a través del consumo de productos centrales para la manutención y expansión del capitalismo: productos marcados como “necesarios para las mujeres” ya que sin estos no somos suficientemente limpias, atractivas o productivas.

Nuestros procesos fisiológicos se han convertido en procesos sufridos, anormales que debemos borrar o tratar de esconder y dicha transformación está vinculada estrechamente al concepto de la economía neoclásica y al homus economicus.

Así mismo, en esta conceptualización de “humano” en donde las mujeres de color no existimos es cada vez más claro el colonialismo patriarcal, ya que con esa base de pensamiento nosotras (nos incluimos las mestizas blanqueadas) debemos tratar de parecernos a las mujeres blancas, burguesas, heterosexuales y occidentales. Nos convertimos en pilar de la industria rosa al tiempo que dependemos de ella “para que los hombres se sientan bien con nosotras”.

Muchos de esos productos que hemos sido llevadas a consumir, ni siquiera son para sentirnos bien. Son para que el ser humano, el normal, se sienta bien con nosotras: cremas depilatorias, tintes y productos para alisar el cabello, para adelgazar y así alcanzar el estereotipo de la chica vendida en los reinados de belleza “90-60-90” y, por supuesto, productos “para oler bien”.

En relación a la “higiene femenina” está demostrado que todas las toallas higiénicas, tampones y protectores diarios contienen agentes químicos nocivos para nuestros cuerpos. Aunque eso es un secreto a voces, ninguno de nuestros gobiernos se ha puesto en la tarea de generar otras posibilidades. Sumado a ello, el daño ambiental de estos productos es inmenso, tanto en su producción como en su ciclo final. 

En este mes de luchas en contra de todas las violencias contra nosotras, es vital cuestionarnos acerca del consumo normalizador, que vincula con claridad, el mantenimiento del patriarcado (colonial clasista) al mantenimiento del capitalismo.

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