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Recuerdo de un regalo a Raúl Reyes, de su hija.

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De su hija

Cayó en cuenta del precio que tuvo que pagar por no tener actitudes más maduras para enfrentar la distancia, como esperaba la gente.

Días después, recibió el libro y la carta. Hasta ese momento no había sentido mucho, sólo pesar; pero el libro y la carta eran otra cosa.

Hurgó en la dedicatoria, luego en el sobre. Casi no fue necesario pasar la vista por las letras. Las palabras se iban agolpando en su mente como recitando un poema de memoria. Hacía tres meses había decidido dejar de estar ausente. La carta y el libro eran los chasquis designados para llevar ese mensaje. 

Todo eso pareció en vano cuando vio el anuncio en el noticiero. Se le crispó la piel, pero fue incapaz de llorar. Sintió un gran vacío que, poco a poco, se fue transformando en rabia: Tantas cosas no dichas, tantas preguntas…

La carta y el libro se quedaron a mitad de camino, espantados por el grito de las bombas. Ahora estaban de regreso, sin palabras nuevas, sin los cariños que habían salido a buscar, sin siquiera haber transmitido el mensaje.

Pensar la hizo sentir un golpe en el pecho, pero aún no lloró. Guardó la carta y el libro y se fue al pie del mar.

Con el paso de los días se dejó de hablar del tema. Durante tres años mostró serenidad (una de esas actitudes maduras que esperaban de ella). Luego, sin mayores estímulos ni preámbulos logró liberar el llanto contenido.

Recordó que en México la muerte se viste de colores. Se preguntó si había motivos suficientes para celebrar aquella vida. Recordó el “yo me muero como viví” tan acostumbrado en las trovas y sólo allí sintió alivio. 

Desde entonces sólo ríe, baila, festeja vidas, llora, sí, llora, pero con lágrimas de libertad y no de pena. Su padre le había dejado un regalo único: El recuerdo de una vida y una muerte intensas, de un hombre que murió como vivió, luchando por la alegría del mundo.

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