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Que nadie más lo sepa…

Español
Autor: 
Milagros Chávez González, luchadora peruana

“La tortura no puede ser jamás

un instrumento para luchar contra el terror,

porque la tortura es un instrumento de terror

Kofi Annan, ex Secretario General de las Naciones Unidas

 

           - ¿Qué sucede?

Respondió sorprendida Silvia, mientras varios cañones apuntaban su diminuto cuerpo.

            -¿Cuál es el problema? ¡Tengo mis documentos en regla!

            - ¿Usted no es la que aparece en esta fotografía?

            - ¡No se parece a mí!

            - ¡Hija de puta! ¿Cómo te atreves a burlarte?

            - Yo soy Silvia Fu…

Una bofetada apagó la voz y volteó su rostro hacia atrás.  Un contingente de policías cercaba el parque mientras Silvia respiraba la tierra húmeda y hierba fresca por última vez.

La mujer tragó saliva y almacenó sus lágrimas. Percibió que debía reservarlas para cuando tenga sed.

            - ¡No seas pendeja y pasa nomás! ¡Hija’e puta!

La maniataron, envolvieron su cabeza con una bolsa negra, la patearon por entre las piernas y la llevaron en vilo a un automóvil que los esperaba a unos metros con el motor encendido. A su lado, Samuel, corría similar suerte.

El estrecho auto repleto de improperios contra Silvia y Samuel avanzaba por las enloquecidas calles, convirtiendo los minutos en horas interminables para la pareja.  Los pensamientos de la mujer corrían a toda prisa su primera maratón sin entrenamiento.

Llegaron a la estación policial.  La obligaron a ingresar, y aunque ella no podía ver, sentía la mirada de los presentes, el murmullo de los curiosos…

Samuel debía venir antes o después.

La llevaron a una habitación donde luego de desvestirla, ciñeron su cuerpo con trapos mojados. La golpearon, la humillaron y colgaron de sus brazos las veces que pudieron. 

            - ¡Si no firmas reventamos a tu maridito! ¡Y si quieres puedes ver la función gratis!

Las carcajadas pastosas de los verdugos intentaban asfixiar los gritos de la mujer, pero ella desenterró todas sus fuerzas para resistir, gritó cuánto pudo para que la escuchen y sepan lo que estaba sucediendo...

Un balde de agua helada sobre su cuerpo tendido en un mugroso piso la despertaba horas después…

            -¡Se nos pasó la mano!

            -¡Concha’ tu madre despierta carajo! ¡No te hagas la desmayada!

            -¡No reacciona!

            -¡Terruca de mierda! ¡Hija’e puta! ¡Levántate!

            -¡Échale más agua!

Silvia escuchaba como si estuviera tan lejana a estas voces. Sus párpados pesadamente habían caído sin poder reincorporarse esta vez. El cuerpo no obedecía las órdenes de la mente −o quizá sí−. Después de todo, estar así había detenido −en algo− las agresiones. Su cuerpo había levitado a un más allá, a un lugar que ella no pudo jamás explicar con palabras.

Alguien la levantó, la abofetearon una y otra vez. Descubrieron su respiración. ¡Estaba viva! ¿Se tranquilizaron?

Silvia estaba empapada en agua helada, temblaba de frío y temor. La tiraron sobre uno de los asientos de un auto. Ella sintió que un torrente hervía por entre sus piernas trémulas; y una mezcla de sudor, saliva ajena y lágrimas escondidas la separaba de una nauseabunda frazada. El carro apuraba su paso. Las manos de Silvia ahorcadas por los grilletes intentaron moverse sin éxito. Las bolsas y telas con las que habían envuelto su cabeza invitaban al sueño para evadir la realidad.

El auto paró y con él los latidos del corazón de la joven muchacha. Era el cuartucho en el que ella y Samuel se habían cobijado hacía poco, el huequito en el que escondían sus pocas pertenencias, sus llantos y risas, sus sueños y su amor.

Unos ingresaron al domicilio, otros se quedaron con Silvia en el auto. El tiempo transcurrido se hizo eterno hasta que un lenguaje mojado y ronco parecía ordenar el final de la espera. Retornaron al puesto policial. La depositaron en un rincón. Ella dejó caer su cuerpo y esperó angustiada el siguiente paso.

Alguien la llevó a una oficina con los ojos todavía cubiertos. Al frente, tras un escritorio, un uniforme con voz de hombre la incriminaba. Al costado de ella, Samuel.

Fue ahí cuando le comunicaron “formalmente” la detención. El oficial le hizo algunas preguntas y Silvia aprovechó para denunciar lo que estaban haciendo con ella. El hombre exigió que Silvia se desnudara para “confirmar” las posibles agresiones. La muchacha se negó y siguió denunciando todo lo que recordaba. El energúmeno hombre se abalanzó contra la mujer y la cacheteó contra la pared.

            -¡Carajo! ¡Acá o te desvistes o te desvisto yo!

Silvia con su lánguido cuerpo a penas se sostenía sentada en el piso apoyada en la pared, pero al sentir el jadeo acelerado de Samuel, se dio fuerzas y obedeció…

A veces, las horas transcurrían entre el silencio infinito y la aparente soledad en un rincón cualquiera… ¡Por fin la dejaban... sin que la toquen, ni nada! En este hueco que fingía de calabozo, a veces podía ver, mirar a unos centímetros de sus ojos, tres paredes mustias y una plancha negra de latón. En fin, era algo…

Una madrugada después de los acostumbrados martirios dejó caer su cuerpo sobre el piso. Pensó estar sola, pero dos pequeños faroles la alumbraron.  ¡Dios mío! ¡Una rata! −se percató− ¿Por qué hacen esto? ¿Por qué…?

Silvia permaneció inmóvil en una de las esquinas y esperando que el animal entienda su situación empezó a hablarle para que no la lastime. ¡Ya era demasiado!

El roedor se acercaba por entre las piernas de Silvia con codicia, y ella, estaba vez no pudo contener. Se echó a llorar desconsoladamente. Desde las profundidades de su ser, emanaban ríos de sangre propia y semen desconocido.

Un ruido de metal al otro lado de la pared la contuvo. Agudizó su oído. Silvia hizo lo mismo. Acercó sus manos a la pared y golpeó con los grilletes que apretaban sus consumidas muñecas. Era Samuel, el compañero con el que había unido su vida, sus sueños, su todo...

Silvia fue obligada cada noche a esperar sin querer... Así, los captores se embriagaron bebiendo de sus horas, de sus días y semanas cautivas. Dos meses de pesadillas sin tregua.

Un buen día, la luz solar de ese cielo maravilloso, pudo ingresar por la minúscula ventana de la puerta del calabozo, cuando uno de los custodios asomó su rostro. Ella sólo alzó la mirada.

            - ¿Te quieres ir a Lima?

            - ¿Señora? ¿Me escucha? ¿Quiere ir a Lima?

- Bueno… le aviso que, si quiere, puede alistarse porque ya ordenaron que usted y su esposo se van para Lima. Allá los están pidiendo…

Silvia no lo podía creer. Tenía miedo que las torturas continuaran, que fueran peores… una especie de paranoia se había adueñado de ella sin control.

Los pasos acelerados de un oficial anunciaban la partida.

            _ ¡Ya! ¡Qué salgan los terrucos!

Silvia fue ayudada por dos guardias para pararse y caminar. Le vendaron los ojos y la llevaron a un auto. Escuchó a Samuel cerca. Respiró.

Esta vez el auto circulaba por una carretera despejada y la ventana entreabierta autorizaba el ingreso de un hilo de viento limpio que acariciaba el rostro de la mujer. Se concentró en este pedacito de pureza hasta que el carro se detuvo en el aeropuerto.

Descendieron, esperaron unos minutos. Faltaba regularizar un documento en el vuelo comercial que trasladaría a los detenidos.

Subiendo las escalinatas del avión, uno de los hombres ordenó sacar las vendas de ambos. Silvia volteó para ver el rostro que le daba este alivio. Llevaba bigotes y cargaba un aliento de alcohol y cigarrillos baratos; pero llamó su atención las vellosidades singulares de sus dedos y la pesada sortija dorada que llevaba en el anular de su mano derecha.

            - ¡No se pueden quejar muchachos! ¡Yo los he tratado muy bien! ¡No se olviden de eso!

            - ¡Por supuesto que no me olvidaré!  Recordaré tu mano siempre y ahora           tu rostro…

El semblante del hombre empalideció, turbó su mirada.

Silvia había retenido en su memoria aquella mano. Era la única que pudo ver mientras ella era colgada y golpeada en una ocasión, la misma que se elevaba para alcanzar su boca y sellarla con guaipe empolvado…

Ya en el avión, miró sólo el cielo, aquel paraíso que siempre había encontrado al mirarse en los ojos de Samuel. Lo acarició una y otra vez con su mirada, le declaró su amor en su millonésima modalidad. Las retinas de ambos, sólo ellas, saben todo lo que se dijeron en esos instantes que la vida les permitió…

Llevaron a la muchacha a un recinto militar en el que fue juzgada y sentenciada a Cadena Perpetua por el delito de Traición a la Patria. Semanas después, corriendo algunos meses del año 93, una noche de gris invierno, Silvia fue internada en “Máxima”, el penal recientemente poblado por cientos de reclusas. Samuel, con el corazón estacionado y el cuerpo estallado, era disimulado entre los matorrales de los oscuros pantanos al sur de Lima, a tan sólo un par de kilómetros de su esposa.

Al ingresar al penal, Silvia fue despojada de las pocas miserias que llevaba consigo. Le autorizaron ingresar sólo con sus diez kilogramos menos, un brazo y varios dientes rotos, también una menstruación ausente. La depositaron en una pequeña celda junto con otras cuatro mujeres.

Los días se hicieron semanas y las semanas, meses. Su vientre fue creciendo en contra de su voluntad. Sus entrañas habían eternizado el capítulo que su memoria intentaba olvidar. Ella ocultaba su físico cambiado. Los pocos instantes que podía estar sola, servían para golpear su vientre, cual boxeador quiere vencer a su contrincante. Realizaba cualquier movimiento áspero que la despoje de esta maldad. La vida no podía ser tan cruel con ella. ¡No podía serlo!

La gestante despreciaba a ese pequeño que se movía de un lugar a otro recordándole su existencia.

  • ¿Quién será? ¿Acaso el de la sortija? ¿El que me obligó… frente a Samuel? ¿Habrá sido…?

El vientre fue creciendo y las interrogantes de los demás también.

  • ¿Cómo contar todo? ¿Cómo? ¿Me creerán? ¿Habrá sucedido lo mismo con las mujeres que están aquí? ¿Y si digo?...

 

En una aurora de verano, con una inusual luna llena, el vientre ya henchido de Silvia estalló y todo “Máxima” celebró la llegada del recién nacido.

            - ¡Felicitaciones! ¡Es un varoncito y está sanito!

            - Se debe parecer a su papá…. ¡Mira! ¡Es súper velludo! ¡Mira sus            manos llenas de pelos! ¡Nunca había visto un bebé así!

Silvia no había podido ir en contra de la naturaleza. Parió en medio de la bastedad a un robusto niño sin ninguna complicación.

Minutos después, ella y el bebé eran trasladados a la Maternidad para concluir con la atención médica. El ruido desesperante de la ambulancia suspendía el movimiento de conductores y transeúntes por las calles. El despliegue de un contingente de hombres vestidos de verde con sus fusiles dispuestos entre consultorios, salas de espera y pasillos del hospital, alarmaban a médicos, enfermeras y pacientes.

La parturienta en una confusión indescriptible, tenía esta vez por voluntad propia, los ojos oprimidos. No quería ver al ser que acababa de salir de sus entrañas.

-Que nadie más lo sepa… sólo yo… − vacilaba−.

            - Señora, ¿está bien?

Entreabrió los ojos. Dos oficiales apuraban a la enfermera, mientras que otros la observaban con furia desesperada.

  • ¿Qué nombre le vas a poner a tu hijo?

La memoria despertó el ingrato recuerdo. Aquella vez que denunció… y en respuesta, la sometieron frente a su marido. Un vértigo de pánico la invadía otra vez…

            - ¡Vamos! ¡Contesta! ¿No sabes hablar?

            - ¡Apúrate! ¿Qué nombre le vas a poner?

            - ¿Me das el nombre del padre?

            - ¿El nombreeeee… del padre?

            - Sí, ¿cómo se llama tu esposo?

            - Saamuueel…. Samuel Guevara.

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Estudió Psicología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Ciencias de la Comunicación en la Universidad Alas Peruanas. Permaneció recluida en el Establecimiento Penitenciario Anexo de Mujeres de Chorrillos durante 23 años por su militancia en el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Su primer poemario personal “Ranuras de Luz”, fue publicado en 2006 por Canta Editores y en el 2008 como “Sprazzi di Luce” por Editorial Pagine (traducido al italiano).  Ese año fue considerado el mejor libro en un concurso de editoriales en Ostia, Roma, Italia. Participó en diferentes convocatorias literarias obteniendo menciones honrosas en los concursos de cuentos “Arte y Esperanza” en penales del Perú organizado por la Asociación Dignidad Humana y Solidaridad con sus cuentos “Presagio” y “Que nadie más lo sepa” en el 2007 y 2010, respectivamente. En el II Concurso de Poesía “Liberando el Alma” organizado por el Instituto Nacional Penitenciario (INPE) en el 2010 obtuvo el III puesto con su poemario “Con el Corazón en Mente” y I Mención Honrosa con su poemario “Deencuentros y Desencuentros”. En el 2016 forma parte de la compilación de poemas y primera publicación del Taller de Escritura Creativa del Establecimiento Penitenciario de Mujeres Anexo de Chorrillos auspiciado por la Comisión de Acción Social (CEAS) y la colaboración de Caritas de Alemania. Ya en libertad, en el 2017, la obra “Que nadie más lo sepa” fue adaptada y presentada en el I Festival de Escenas Cortas de la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD), siendo valorada como una de las 3 mejores obras y llevada al programa XV del Festival Itinerante y Encuentro de Teatro Popular (FIETPO) ese año y a la Asociación de Artistas Aficionadas en 2018.  “Que nadie más lo sepa” se presentó en la casa del grupo teatral “Arenas y Esteras” de Villa El Salvador en 2017 y en el Festival Internacional de Teatro por la Interculturalidad (FITI) en el departamento de San Martin en 2018.

Terruco es sinónimo de terrorista. Es la manera despectiva en la que el ejército peruano se refiere a los militantes del MRTA y de Sendero Luminoso, principalmente, aunque también se extiende a familiares, amistades y militantes de otras fuerzas políticas de izquierda.

Nota: Fotografía tomada de https://miradasalhorizonte.blogspot.com/2009/06/iv-ahi-estaba-mirando-po...

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