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Historia oral: Melisa, una mujer de las FARC

Español
Autor: 
Alfredo Molano

Hubiésemos querido compartir este escrito de otra manera, tal vez con una introducción escrita por el propio Alfredo Molano para nuestra página, o como consecuencia de un diálogo con él sobre las formas de hacer la historia de las mujeres de FARC, nuestra historia. Pero las vueltas de la vida son mucho más complejas y en la convulsión de la cotidianidad priorizamos otras cosas, creyendo eterno a ese camarada, a ese hombre que dedicó su vida a escribir las memorias de guerrillas, del campesinado, del Llano, de esa gente del común por la que luchamos y que está marginada hasta de los más rimbombantes textos académicos.

Ahora compartimos este testimonio, el de Melisa, una de las tantas mujeres que integraron las FARC-EP, la organización de la que venimos y que insistimos en historiar, con todos sus matices, contradicciones, luces y sombras. Es nuestro pequeño y urgente homenaje a Molano.

Melisa es la unión de varias historias de guerrilleras de las FARC-EP entrevistadas por Alfredo Molano en una de tantas visitas que realizó a los territorias de esa Colombia profunda. En esos caminos se encontró con unidades guerrilleras. Preguntaba de todo para conocer, desde sus actores, de las mujeres, los sentires de ese pueblo alzado en armas.

Contamos con la voz de Melisa gracias a su trabajo. No es un ladrillo intragable, no es un mamotreto propagandístico o apologético. Es un texto literario, que rescata la esencia de unas vidas y de la de todas, de una mujer, de varias de las FARC y del resto de las mujeres de Colombia.

Compartimos este escrito, conscientes de que el homenaje mayor será, definitivamente, seguir contándonos y contando a esos rostros que merecen ser contados, porque son parte de la historia de nuestro país, porque han aportado desde sus prácticas a ese universo de luchas y resistencias de un pueblo que no se cansa de buscar un futuro de dignidad y libertad.

Desde el equipo editorial de Mujer Fariana decimos: ¡Gracias Molano por tanta historia!

Historia oral: Melisa, una mujer de las FARC

Las historias de vida son productos de una docilidad de interpretación que se puede prestar a equívocas conclusiones. Son ellas una forma testimonial que funde una o varias percepciones individuales con la elección particular del escritor que selecciona la experiencia y la escribe según un prisma valorativo propio. Es oportuno señalar que la historia de vida que se transcribe a continuación, por referirse a importantes líderes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y por compartir una cantidad de virtudes y limitaciones generales, plantea interrogantes no del todo desdeñables. Es en la misma estructura de esta historia de vida, un espacio abierto donde la ambigüedad y el equívoco se permiten sugerir otras lógicas explicativas. Estas son, por su condición testimonial subjetiva e individual, representaciones en donde el contexto de las conductas particulares y de los eventos colectivos está delimitado por la misma experiencia consciente del protagonista. De ahí que el universo en representación sea un universo justificado por los estrechos segmentos de la vivencia singular.

Así el testimonio a continuación no es una historia de las mujeres de las FARC. Hay rasgos históricos, pero son rasgos dibujados por los peculiares sentimientos y recuerdos de la entrevistada. Tampoco es esta una explicación sociológica en torno a género y guerrilla, aunque sí es lo suficientemente elocuente como para caminar por sí sola, sin la ayuda dde los soportes inductivos ni muletas teóricas. EL testimonio resalta hasta los límites de la contratación las visiones y experiencias de las guerrilleras, forzando al lector a comparar la cruda silueta de tales vivencias con sus particulares concepciones y prejuicios sobre el tema. Como consecuencia de ello, las FARC dejan de ser la entidad formalizada por una óptica politológica, histórica, sociológica y antropológica específica para convertirse en provocadora fuente de indicios, sugerencias, afirmaciones y desconciertos. Las FARC llegan a ser, no solo una organización política, sino también una cultura en la que se mezclan razones histórico-sociales de la rebeldía, las formas comunitarias de su mantenimiento y la conciencia colectiva sobre una forma muy particular de reconstrucción del tejido social. Se transforma así en un tejido histórico y comunitario que cada vez tiende a ser una parte indisoluble de la personalidad social nacional colombiana. Son, en fin, una cultura marginal y muy importante, acumulada a lo largo de medio siglo de enfrentamientos campesinos con los poderes locales de la riqueza y con el Estado.

El testimonio de “Melisa”

“Pase lo que pase de aquí no me muevo”, dije, y me senté. Me senté como si hubiera nacido ahí, en ese sitio, debajo de una cócora altiva desde donde se ve toda la hoya del río Palo hasta Santander de Quilichao.

“Sentarse a llorar no es un buen principio cuando se ingresa a la guerrilla”, pensé, cuando en esas me volvió la vida al cuerpo. “Si yo tengo que acostumbrarme a estas montañas –dije-, ellas tendrán que acostumbrarse a mí. No hay caso de ser lo que no se es”.

Esa mañana habíamos salido de la terminal de buses de Ibagué y casi dormida había llegado a Santander. Allá me dejó Villafañe en manos de un compañero campesino llamado Bagazo. Corto de palabra, lo primero que dijo fue que con la ropa que llevaba puesta no iba a llegar a ninguna parte, y sin más explicaciones fue a comprarme unas botas de caucho, un pantalón caqui y una camisa habana. Quedé como disfrazada de Añoviejo: todo me colgaba, porque al compañero no le importaba las tallas sino los colores. Por eso me hizo dejar mis straples rojos, mi falda amarilla y unas sandalias nuevas que acababa de comprar. Cuando me miré en el espejo comencé a llorar, a llorar como una huérfana. Tenía por costumbre arreglarme frente al espejo el uniforme militar que me ponía para jugar con mi papá “al desfile”. Él había estado en el ejército y guardaba todo lo que lo había hecho feliz en cuartel: uniformes, condecoraciones, pistolas. Es ese mismo orden me ponía sus recuerdos. Cuando ya estaba lista él me revisaba muy despacio, toda, de arriba abajo. Sentía su mirada recorrerme buscando una falla, y esperando que comenzara a darme voces de mando. Entonces yo no me cambiaba por nadie. Era feliz.

Mi papá había alcanzado a ser sargento primero en el ejército. Le tocó la violencia dura en el Quindío, y a veces nos contaba las peleas con la chusma y los encuentros con el propio Tirofijo, en el Páramo de Las Hermosas. Poco le gustaba hablar de esto porque era dirigente sindical y porque sabía que mi mamá recibía gente del monte en la casa.

Con mi mamá, en cambio, hicimos otro mundo, más real, más duro. Los amigos que venían a visitarla, siempre oliendo a humo, eran también mis amigos. Llegaban a la casa embarrados y sudados y nosotros les dábamos una muda limpia, recién planchada, que siempre teníamos lista. Duraban pocos días, hablaban poco y se iba por donde habían llegado, sin decir ni adiós ni hasta luego, cosa que me molestaba porque unas gracias no le quitan nada a nadie. Yo no sabía quiénes eran, pero de verlos tanto tampoco me importaba.

Un día mi mamá me llevó al Parque Santander en Neiva, donde vivíamos, a una manifestación. Dábamos vueltas y vueltas refundidos entre la gente, hablando pendejadas, hasta que alguien gritó: “¡Ahí llegan!” Entonces nos juntamos y comenzamos a cantar el himno nacional. De una radiopatrulla bajó Humberto Moncada, que venía esposado. Alguien le dio un clavel rojo y él lo levantó, haciendo con la otra mano la V de la victoria. Humberto era uno de los amigos de mi mamá y ese día, por primera vez, supe quiénes eran.

Los juegos con mi papá y los amigos de mi mamá me hacían sentir diferente a todas mis compañeras del María Auxiliadora. En ese colegio yo sobraba. Así que la monté para que me cambiaran a un colegio nacional, al José Eustasio Rivera, donde tenía amigas que, por lo menos, se vestían como yo. Después de pelear y pelar, mi mamá aceptó el cambio.

En el nuevo colegio había consejo estudiantil. Yo comencé a colaborar porque mi papá me había explicado de qué se trataba el cuento. El era dirigente sindical de los ferrocarriles y creo que hasta trabajaba para el Partido Comunista. Sacamos una cartelera denunciando las injusticas de los profesores, discutiendo el contenido de las materias y denunciando al imperialismo yanqui. Yo era la encargada de conseguir recortes de fotografías para ambientar el mural y así me fui resbalando en este mundo. Me sentía segura porque tenía mis cartas escondidas: los uniformes de mi papá y los amigos de mi mamá. Me gustaba vivir el juego de tener dos vidas: la de estudiante y colaboradora del consejo estudiantil, y la otra, que no nombraba por su nombre para no quitarle es misterio que tenía. Cuidaba mis dos vidas para no dejar que se enredaran.

Los desfiles con mi papá progresaban. De los uniformes y las historias sobre la violencia pasábamos al manejo de armas. Me enseñó a desarmar la pistola hasta que llegué a hacerlo con los ojos vendados y así ascendí, en el escalafón que teníamos, a cabo segundo. Por el otro lado, mi mamá me mandaba los domingos, que era el día de visita conyugal, a ver a sus amigos presos en la cárcel. Había que llegar a las tres de la mañana para hacer la cola. Se entraba sin calzones, para que con sólo levantarse la falda nos dejaran pasar sin tocarnos.

Humberto era un duro. Muy respetuoso. Yo le entregaba la carta en la celda, él la leía con cuidado y la respondía. Mientras tanto yo miraba su altar: recortes de la revista Unión Soviética pegados en la pared, con fotos de Marx, Engels, Lenin, trigales de Ucrania y edificios de Moscú.

En el colegio me nombraron representante del quinto año al consejo estudiantil. Me sentía presidente de la república. Mi primera tarea consistió en ayudar a organizar una manifestación, junto con la gente de la Universidad Surcolombiana, para protestar contra los bombardeos que el ejército estaba haciendo en la región de El Pato, Balsillas y Guayabero. Fue una manifestación muy bien organizada. Salimos del Colegio en fila de tres en fondo hasta la carrera quinta, donde nos encontramos con la gente la Universidad. Llegando al monumento de La Gaitana un piquete de policía nos cerró el paso. Veníamos coreando consignas contra el rector, contra el gobernador, contra el imperialismo yanqui y a favor de las residencias. Al detenernos la policía, fuimos rompiendo fila y amontonándonos para oír lo que los dirigentes discutían con el coronel, cuando de golpe cargaron a garrote. Todos corrimos hacia atrás y comenzamos a sentir las bombas de gas lacrimógeno que pasaban raspándonos. Una de ellas le dio en la cabeza a un pelado que corría cerca a mí. Oí su grito. Me devolví y el muchacho estaba sangrando. Lo alzamos y lo sacamos del tropel. Nos dimos cuenta de que el golpe le había sacado un ojo. Pedíamos a gritos una ambulancia. Nadie nos ayudaba hasta que llegó la policía, alzó con el muchacho y de paso con todos los que estábamos con él.

Fuimos a parar todos a la estación, incluyendo al del ojo, que estaba en las últimas, o así nos parecía. Les gritábamos a los tombos que no fueran asesinos, que atendieran al herido. Ellos nos respondían que nosotros éramos comunistas y chusmeros. Por fin, cuando ya no había nada que hacer, cargaron con el pelado para el hospital. A nosotros nos reseñaron, pero a la mayoría nos tuvieron que soltar porque no habíamos cumplido los dieciocho años reglamentarios. En la estación nos habían plantoneado durante casi seis horas. A mí me había tocado al lado de un compañero de la Surcolombiana llamado Carlos. Estudiaba química y en vez de maldecir y de insultar a la policía, recitaba pedazos enteros de Juan Salvador Gaviota, un libro que yo conocía muy bien porque lo leímos con mi papá. Cuando comenzaron a soltar a los menores, él me pidió que llamara a un número y dijera simplemente: “Carlos está preso”. El sabía que lo iban a dejar porque lo tenía fichado. Así fue. A la salida llamé por teléfono y dije lo que tenía que decir. La mujer que me contesto me pidió el favor de volver a llamarla al otro día. Muy intrigada así lo hice.

Me preguntó si nos podíamos ver. Le dije que sí, que claro. Sagradamente cumplí la cita. Ella me tenía que identificar por una boina negra. Casi no puedo dormir la noche anterior del goce de tener que conseguir una boina negra y de ir a una entrevista tan rara. En la calle, esperándola, sentía que todo el mundo me miraba. Después de un rato se me acercó una mujer muy fea: no se parecía a la voz que me había hablado por teléfono, pero de todas maneras me puse a sus órdenes, y órdenes fue lo que me comenzó a dar, sin más no más. Me dijo que si yo podía ir a la cárcel donde habían trasladado a Carlos a llevarle un mensaje. Respondí que sí, que yo podía hacer eso. Me dio un bodoque de papel envuelto en cinta pegante, me pidió mi teléfono y quedo en llamarme.

Yo fui a la cárcel y le entregué a Carlos el correo. Era un hombre muy claro. Tenía los ojos altos, como con algo muy importante que decir. Era suave. Me pidió que volviera. No quise hacerlo hasta cuando pensarlo se convirtió en mi noche y me día. Lo acusaron de ser enlace de la guerrilla y le montaron un consejo de guerra. Yo no entendía mucho, pero me parecía muy interesante lo que pasaba. Comencé a visitarlo cada domingo. Dejé de ayudarle a mi mamá con su Humberto y me dediqué a lo mío. Me volví correo entre Carlos y su gente, que era gente del Eme.

Un día dijeron que si yo quería ayudarles en firme. Les contesté que sí, estaba destinada –porque así lo sentía- a esa vida.

A Carlos le saltó un resplandor en la cara cuando le conté que había tomado la decisión. Me habló muy lindo de la revolución, del deber, del futuro. Con él todo era claro.

A los pocos días la señora fea me dijo que si quería podía ir a hacer prácticas con los muchachos. A pesar de que ella no me gustaba por lo seca, quedamos vernos en la estación de los buses el viernes siguiente a las dos de la tarde, “vestida –me dijo- como si se fuera de paseo al río Bache: con ropita vieja”. En la estación cogimos un bus para Palermo y de ahí caminamos, ya con unos muchachos que nos esperaban, hasta un punto llamado Palo Seco. El entrenamiento resultó muy aburrido. Por lo menos para mí, que esperaba algo que tuviera que ver con la guerra, con las armas, con el valor, con el misterio. Se trataba de correr por la orilla del camino durante toda la mañana y después, ya sudados, de discutir lo que llamaban la “situación concreta de la coyuntura”. Esa vez discutimos, o mejor, discutieron ellos sobre el imperialismo y el petróleo en el Huila. Para mí ese cuento era como de marcianos: ni entendía ni me importaba. Yo me la pasaba pensando en Carlos. A la semana siguiente la cosa se volvió más interesante. Después del “jogging” nos explicaron el mecanismo de las pistolas. Como yo sabía armarlas, quedé de reina. Esa noche me llamaron aparte y me comunicaron que tenía que “pagar guardia”. Sentí como si me hubieran nombrado comandante. Para mí era una gran distinción. Me tocaba el turno más difícil, el que después odié: de las 2 a las 4 de la mañana, un turno que cuesta toda la noche, porque esperando la levantada no se duerme y después tampoco, porque a las cinco tocan la diana general. Se duerme uno es en la guardia.

Esa vez la instrucción fue muy simple: “si ve subir al ejército o a los civiles, dé la alarma”. Yo me quedé pensando que de noche esa distinción era casi imposible, y que además no tenía sentido. Mi relevante era Fernando, un muchacho que en vez de dejarme sola se quedó acompañándome hasta que se cumplió mi turno y luego también, hasta que amaneció.  Nos comenzamos a gustar porque en una guardia pasan muchas cosas. Era pequeño pero muy vivo. Yo entreveraba el entrenamiento con las visitas a Carlos. Una semana para cada uno.

Hasta que Carlos salió libre. Entonces me hice su segunda porque él tenía mando en el movimiento. Nos movíamos más de lo que trabajábamos. Él iba a mi casa, donde se hizo amigo de mis papás; íbamos a cine; vimos los miserables; leímos filosofía, que me parecía demasiado mamona. Mi fiebre era el monte, los campesinos que sabían manejar armas. Yo sabía que luchábamos contra la injusticia y eso era suficiente. Pero Carlos, como para provocarme, sólo me dejaba ver por encima, y de lejos. Yo sabía que él hacía cosas serias, se le veía, pero nada, no me daba sino la prueba.

Mi papá, que sabía todo porque yo se lo contaba, era muy comprensivo. Pero mi mamá era celosa, y me peleaba mucho. Nunca supe si porque había dejado de ayudarles a sus amigos, o porque me soñaba una profesional. Ella quería que yo fuera médico o ingeniera, pero yo ya había cancelado ese cuento. Sin embargo, seguí viendo a Carlos y él me trataba como a una niña bien. Me hacía visita de sala, me cogía la mano de cinco a seis, y no le gustaba que yo me vistiera –decía él- como un gamín. A él le gustaba la faldita plisada y a mí los jeans.

Fernando volvió a invitarme a los entrenamientos. Para poder asistir me tocó hablarle claro a mi papá y él me ayudó, como siempre. Nos inventamos que mi abuela estaba enferma en Suaza y que yo tenía que ir a cuidarla los fines de semana. Volví a quedar en una posición incómoda porque Fernando también me gustaba. Me enseñó los secretos de la carabina M1, me enseñó el mecanismo de las granadas, me enseñó a explotar bombas molotov. Me pasaba su tensión y pagábamos guardia juntos.

Un día miércoles, Fernando llegó agitadísimo a contarme que tenía que irse a hacer un reemplazo en un operativo de verdad. Cuando yo oí la palabra “operativo” se me soltaron las piernas. Me tocó sentarme. Hasta ese momento habíamos estado jugando. Como él era tan franco y estaba tan asustado, resolvió contarme de qué se trataba: ni más ni menos que de la Caja Agraria del Guamo. Con tantoentrenamiento no se podía echar para atrás, así que nos despedimos en el monumento de La Gaitana y se fue a cumplir la cita. Me despedí sabiendo que no volvería a verlo. Me quedé prendida del radio. A la una de la tarde anunciaron que habían dado de baja a tres delincuentes que huían con un botín de cinco millones. El carro se había varado y los asesinaron sin que ellos pudieran disparar un solo tiro. El Espacio publicó al otro día la noticia y las fotos. Mi mamá puso el grito en el cielo ¡Yo con ese dolor y ella gritando! 

La muerte de Fernando fue el motivo para romper con el Eme. Me fui a llorar a Suaza, donde mi abuela, para que mi papá pudiera visitarme. Poco a poco me pasó el yeyo y volví a la casa. En vez de la revolución me puse a hacer carpeticas. No quería nada con nada. Le prohibí a Carlos que volviera a llamarme. Para mía la muerte de Fernando fue un punto aparte.

Duré un tiempo apartada de todo. Ni estudiaba, ni iba a cine, ni salía con los muchachos, y mucho menos trabajaba en el consejo estudiantil. A puros empujones acabé sexto y me gradué, desganada. Mi mamá montó la cantaleta con la carrera. No hacía otra cosa que ponerme ejemplos con mis primos ricos y con mis primos pobres; con mis hermanos, ambos profesionales, y con mis hermanas, ambas casadas y encerradas haciendo oficio en la casa. Yo la oía como quien oye llover. Pero algo me salpicaba. Me presenté al ICFES porque quería estudiar enfermería a pesar de todo. Pasé las pruebas con muy buen puntaje. Podía así pensar en cualquier carrera. Mi papá insistía en respetarme y me dejó en libertad: “Haga usted lo que haga, siempre será hija mía”, decía.

A la casa seguían llegando los amigos de mi mamá. Ella trataba de que no se demoraran y de que poco hablaran conmigo. Pero como los quería tanto, no había nada que hacer. Decidió ponerla suerte en manos de Dios y tal como lo temía, pasó. En una de esas llegó un tal Villafañe. Un negro bien para él, de bigote y ojos negros brillantes. Me llamó la atención porque vestía una camisa de rayas horizontales y un pantalón de rayas verticales. Lo llamé el señor T. Para mí un cucho. Mal contados tendría unos 35 años. Era un buen contador de historias de guerra, y lo hacía de tal manera que se colocaba de héroe sin mencionarse. Muy astuto. Tenía los dientes separados, y cuando se reía se le veía por ahí, dando vueltas, algo de fiera. Yo sentía que el cuento volvía a comerme. Una tarde acompañé a Villafañe donde el médico. Mientras esperábamos me contó una historia que me hizo reír mucho y que me fue soltando otra vez. Resulta que la comandancia del frente ordenó la toma de Rionegro, Huila, un pueblo pequeño construido por los militares en los años sesenta para montar una base desde donde atacar a Riochiquito, república de Ciro Trujillo.

Para hacer inteligencia, el mando había destacado a un par de indígenas paeces que se llamaban dizque Walter y Elizabeth, nombres, claro, de guerra. Fueron, hicieron la inteligencia y volvieron. En el informe dijeron que había varias “trincheras”. Pero a la hora de la verdad la guerrilla resultó sitiada por un anillo de policías porque las tales “trincheras” eran túneles. Ellos habían confundido las palabras. Por ahí se escapó el enemigo y cogió a los muchachos por la retaguardia. Mataron a varios guerreros. Villafañe se reía de esto y a mí me hacía gracia que él tuviera sentido de humor a pesar de lo negro de la historia.

Así pasó un tiempo. Él me contaba las cosas como para entretenerme. Pero a mí por dentro todo se me iba cocinando, hasta que le pedí ingreso. Le dije: “Si alguna vez resuelven pedir mi militancia, yo diría que bueno”. Parecía una declaración de novia. Villafañe no me respondió nada. Su silencio, bien pensado, me dio rabia y al mismo tiempo aumentó mi gana. A los tres meses volvió el tipo y me dijo que se había aceptado mi solicitud, y que –si todavía estaba dispuesta- nos iríamos el domingo siguiente, el Día de la Madre. Me quedaban cuatro días para arreglar mis cosas, decirle a mi gente y –pensaba yo- hacer maleta.

De entrada le conté a mi papá. Él me respondió: “Ay, mija, eso es muy duro; usted no sirve para eso. Si no le gusta hacer oficio aquí, ¿qué va a ser capaz de andar por allá en esos páramos sin comida ni casa? Eso no. Eso déjelo para los que estén acostumbrados a echar pata. Usted ya estudió: salga adelante”. “Pero papá –le argumenté-, uno se acostumbra a todo; usted mismo me ha enseñado a querer este país y a buscar una salida diferente a la del hambre y la desesperación, así que yo me voy”. “Usted verá –volvió a decirme-. Eso usted sola lo decide. Yo no voy a decirle si sí o si no”.

A mi mamá no quise comentarle nada. Pensé que era mejor que me diera el beso y la bendición de todos los días, y así tampoco le dañaba la fiesta de la madre. Desde que Villafañe me anunció el viaje, abrí mi maleta y comencé a echar mis cosas: todo lo que traía un recuerdo lo echaba. Era un arrume de Blue Jean, camisas y cinturones, un medio transistor, un costurero pequeño, una máquina para afeitarme las piernas y las axilas, un perfumerito de conchas rosadas, un espejo con tapa de carey, una bolsa de peluche llega de cosméticos; una chompa de piel y otra de cuero, mis tenis rojos y mis botas negras, dos balacas de terciopelo, una sudadera gris que me había regalado mi mamá en navidad y estaba sin estrenar, un álbum de fotografías y un libro secreto, Juan Salvador Gaviota; una colección de monitos de “Amor Es”, un tulipán de yeso y el estilógrafo que me había regalado mi papá cuando aprendí a leer. En fin, me quería llevar todo lo que dejaba. Cuando Villafañe se dio cuenta me dijo: “No, si usted no va para el convento, sino para el monte. Allá lleva sólo lo que es capaz de cargar, que su caso –me dijo mirándome las caderas-, no serán más de tres kilos. Lleve sólo un blue jean, dos camisas y unas botas. Lo demás déjeselo a guardar a su mamá”. Ese “mamá” me sonó como un irrespeto. De todos modos eché algunas cosas y dije: “si tengo que botar algo, lo hago por allá”.

A mi mamá le dejé una carta que decía más o menos que me iba para la guerrilla porque quería hacer algo distinto; que a mí no me faltaba nada en la casa, pero que me creía con el deber de hacer un país donde todos cupiéramos; que me perdonara las lágrimas y las angustias que mi decisión le iba a causar, pero que en el fondo seguía el ejemplo que me había dado. Escogí terminar una frase que Carlos me había escrito en un memo: ser revolucionario es el puesto más avanzado a que un hombre puede aspirar, y me despedía diciéndole que si algún día yo moría, esperaba que ella fuera fuerte.

El domingo cogimos un bus para Ibagué. Allí nos quedamos dos días mientras Villafañe hizo una vuelta que a mí me parecieron misteriosísimas. Después nos montamos en un Bolivariano para Popayán, pero pasando por Santander de Quilichao el hombre me dijo: “aquí es, llegamos”. Villafañe miraba mi maleta pero no decía nada. Yo la cargaba armada de valor. No quería dar el brazo a torcer. Hacía como si no me importara. Cuando nos bajamos me presentó al compañero encargado de llevarme hasta el comando. Yo quedé a su disposición. Me dijo que se llamaba Hugo, pero que le decían Bagazo. Me preguntó cómo me llamaba y le di mi nombre verdadero, Elisa. Era campesino, medio indígena, muy seco. Me sentí de golpe muy ajena a ese mundo en el cual –pensaba yo- tendría que pasar el resto de mi vida. Si la gente por la que estaba dispuesta a luchar era toda tan dura como Bagazo, lo mejor era no esperar a que me dieran las gracias, pensé, y me reí.

Como adivinando lo que pensaba, me dijo: “Usted deja aquí toda su pendejada o no sube”. Solté mi pendejada y me monté en el carro que nos esperaba. Pero comencé a llorar loma arriba. Creo que sólo se oía el motor y mi chirimía, y para ajustar comenzó a llover. Llegamos a Tacueyó ya de noche, y sin haberme avisado, comenzamos a caminar hasta eso de las diez de la noche. Yo no sabía manejar esas botas, que además me quedaban grandes. Me caí muchas veces. Bagazo no hacía más que maldecir su suerte. A eso de las diez llegamos a un arrimadero que ellos tenían. Esa noche no pude dormir porque tenía un ojo puesto sobre la respiración de Bagazo. El menor cambi0o me dejaba sentada en la cama. Pero no pasó nada: el hombre era brusco pero correcto. Amanecimos en un sitio que se llama Santo Domingo, una hoyada llena de palmeras de páramo. Había miles. Era raro ver tanta palma entre la niebla y el frío. Había miles. Era raro ver tanta palma entre la niebla y el frío. De ahí salimos muy madrugados. El camino seguía loma arriba, sin ningún descanso; Bagazo no paraba de caminar. A la hora me comenzó un mareo y unas ganas de vomitar como si estuviera esperando. ¿Pero de quién?, pensaba yo, y por más que trataba de vomitar, no me salía nada. Sólo lágrimas y más lágrimas. Los pies me comenzaron a arder y a pelarse del calor.

Entonces fue cuando decidí que no daba un paso más. Me ranché y cuando pude hablar le dije a Bagazo que me matara. Pero a él le dio risa y se fue. Al rato volvió con un caballo. Yo nunca había montado en una bestia, no sabía qué era eso ni por dónde se cogía. Como las reglas cambiaron, yo cambié las mías y me fui montando en ese caballo terco y mañoso, que siempre anduvo por donde quiso sin obedecerme. Se arrimaba contra los matorrales y contra las cercas; para él el buen camino no era el mío. Por momentos tenía que cerrar los ojos porque cogía por la orillita del camino que daba a los precipicios. Yo miraba eso como un abajo que parecía un adentro, y se me cortaba la respiración. Terminé por dejar que la bestia decidiera por dónde coger. Fue el comienzo de una lección que todavía no he terminado de aprender. 

Por la noche fuimos llegando a un sitio llamado La Susa. Allá ya estaba Villafañe, que había llegado Dios sabe por dónde. Pedí permiso para calentar agua y meter los pies, que tenía desollados, y esa misma noche comenzó el problema. Tan pronto apagaron la vela Villafañe cayó en mi cama. Decía que él me había traído como su mujer, que de otra manera él no había aceptado el encarte. Le dije: “No, señor, yo vine por convicción y no por vicio. Yo no soy de nadie. Ni siquiera soy todavía mujer. Usted es un viejo degenerado”, y salí corriendo a meterme en la cama de la compañera que nos alojaba. Ella me defendió y paró a Villafañe: “Si usted sigue jodiendo –le dijo-, doy la queja al comando para que lo sancionen. ¿Usted qué se cree: la ley? ¡Sin vergüenza!

Llegar al Secretariado es ambición de todo guerrillero. Allá viven hombres que uno ha soñado conocer porque se nombran todo el día y porque de muchas maneras uno depende de ellos.De Ipiales viajé a Neiva a ver a los niños, y luego me enfleté para Bogotá, hice los contactos y salí por Fusagasugá para Cabrera. Me esperaban una compañera y las botas de caucho para subir al páramo, atravesarlo y caer, tres días después de haber salido, a La Caucha, donde aquel entonces había uno de los campamentos del Secretariado. Aunque estaba desacostumbrada a caminar, volví a coger el ritmo muy pronto y, como llevaba tanto impulso, nada se me hizo feo ni largo. Llegamos de noche.  Nos recibió Benítez, que había sido el comandante del séptimo y ahora era jefe de escoltas de Jacobo.

A Jacobo yo le tenía miedo. Me habían contado tantas cosas de él y tenía tanto poder, que uno a veces dudaba de que existiera. Cuando lo vi por primera vez me pareció que lo conocía desde hacía muchos años. Preguntó si yo era Melisa. Me presenté y me puse a sus órdenes. Me dijo: “Ala, china, primero descansa y después hablamos, porque hay mucha cosa por allá en las zonas del Cauca”. Así era. Mientras yo estuve en Quito sucedió el mierdero ese con los Francos y los asesinatos de Tacueyó, hechos por Delgado. Yo algo sabía porque me habían contado y porque conocí algunos personajes de la historia. Alguna vez vi al mismo Delgado, un hombre buen mozo, muy nombrado para todo, que manejaba una red urbana y sabía mucho de organización. En una época fue el niño consentido de Jacobo. Le gustaba la plata y con ella lo compraron: le gustaba el poder y con él lo conquistaron. Tan pronto vio la papaya de tomarse el mando lo hizo. Plata y poder. Vendió a todos sus amigos y traicionó al resto. Cuando se sintió acorralado, decidió acabar con todo. Se envició a la sangre, que es la medio hermana del dinero y del poder, y cuando vio que no le resultaban sus planes se enloqueció.

Comenzó a matar a sus enemigos –a los que él creía sus enemigos- y luego el círculo se le amplió hasta que abarcó a sus amigos, uno por uno. Pero tanto muerto coge fuerza y para vencerla se necesitan más muertos y más muertos. Así hasta que acabó con medio movimiento. Cada muerto traía al siguiente, y para borrarlo tenía que matar a otro y a otro, así hasta el final. Una matazón. Delgado le hizo más daño en un año al movimiento que todo el ejército junto durante cuarenta. Jacobo estaba enterado de todo, al milímetro. Hacía que uno le contara el mismo cuento varias veces. Yo le conté lo que sabía de Tacueyó: Delgado acabó primero con los de Cali, grupo por grupo, y después siguió con los de Medellín, también grupo por grupo. Cuando acabó, se perdió.

Jacobo me dijo que necesitaba que fuera hasta Tierradentro en un fin de semana y regresara antes del martes. Así lo hice. Salí el viernes a Bogotá, el sábado cogí el avión hasta Neiva, el domingo llegué a Tierradentro, el lunes estaba de regreso y el martes en el Sumapaz, donde me esperaba el viejo. Yo creo que era por probarme, porque después me cogió una gran confianza.

Jacobo me mandó a hacer un curso rápido en la Escuela Nacional de Cuadros. Un sitio feo por lo barrancoso y lo frío. Lo llamábamos El Hueco porque allá nunca entraba el sol.  Desde que entré hasta que salí, Jacobo no hizo más que recochar conmigo mandándome unas cartas que empezaban: “Cuando los caobos son rojos…”, y terminaban: “cuídate, muñequita de almíbar”. Pero no sólo cartas me mandaba, sino ropa limpia y mecato, que yo compartía con mis compañeros de curso. Él se daba mañanas para hacerme llegar uniformes secos y limpios, porque sabía que uno en ese hueco se mantenía todo húmedo. Él era muy vanidoso y le gustaban las buenas cosas. No tomaba sino Remy Martin y fumaba Kool; mandaba hacer sus camisas y sus chompas. Cuando Jacobo mandaba traer telas, se sabía que había que pedir en el almacén lo más escandaloso y chillón que hubiera.

Usaba unas guayaberas que no era capaz de ponérselas sino él: atigradas, verdes con morado, doradas, plateadas. Se encaprichaba con las cosas más raras: una máquina para contar dólares que había visto anunciada en una revista japonesa; unas arepas que vendían en Anolaima y que llaman “Mocosas”; una reproductora de casetes marca Sony, una grabadora Aiwa 206, libretas de tránsito para topografía, curubas de Santa Sofía, Boyacá; fríjoles de Ubaté. En fin, difícil. Jodía mucho con su dentadura, que era una caja grandísima. Mandaba subir al dentista para no quedarse sin dientes. Una vez que el dentista se dio cuenta de que le estaban sacando espinillas, le dijo que era mejor la pomada peña. Mandó traer dos docenas y se untó una caja entera un día que salió al páramo. Se quemó todo y quedó como un caratejo casi un mes por vanidoso. Yo lo llegué a querer mucho, era como mi papá. Me gustaba pillarle las novias. Yo sabía que cuando dormía solo, la cama le amanecía arreglada, pero cuando dormía acompañado amanecía como cuarto de locos. Conmigo fue muy respetuoso, aunque era también muy celoso.

Después salí para arriba, para el Secretariado. Jacobo me había mandado llamar para ayudarle. Yo dudé mucho en aceptar y en volver a separarme del Frente, porque había mucho que hacer. Me habían nombrado en el Estado Mayor, pero el viejo comenzó a llamarme y a llamarme hasta que me tocó salir. Busqué la entrada por Colombia, Huila, para no dar la vuelta por el Sumapaz. Llegué a Baraya, y muy madrugada salí en bus para coger temprano la trocha. Pero en una de esas apareció un retén militar. Nos hicieron bajar, nos requisaron y ya no íbamos a volver a subir cuando oí decir: “Esa es la mona”. Me volteé y alcancé a ver a Humberto, un muchacho desertado, que me conocía. El teniente se me acercó, me pidió papeles y le ordenó al cabo detenerme sin siquiera preguntarme quién era. Mi problema era que yo llevaba una carta del Estado Mayor para el Secretariado. El cabo, muy obediente, me llevó al puesto y cuando estábamos esperando al teniente, yo le dije al hombre: “Permítame el baño, cabo, que estoy dando salticos”. Al tipo no se le dio nada y me mostró dónde podía entrar. Yo que entro y comienzo a comerme esa carta. Pero era casi imposible. A uno con los nervios se le seca la boca y mojar ese papel a pura baba era muy difícil. Botarla no se podía y romperla tampoco. Tocó lavarla con agua para que las letras se medio borraran y aceptar que llevaba una comunicación. Yo que acababa de borrar y entra el teniente como un tote, madreando al cabo por imbécil. Me rapó el papel y la montó: “¿Qué es esto? ¿Qué decía? ¿Por qué lo lavó? ¿Quién es usted?” Acababa de firmar mi sumario.

Me cogió por las mechas y me tiró al piso. Un jalonazo de pelo, sin más ni más, por más prevenido que uno esté, duele y, sobretodo, humilla. La humillación es un arma muy efectiva porque lo va haciendo sentir a uno no sólo débil sino culpable y, por tanto, malo. En el suelo me cogió a patadas. Sentía esas botas clavarse en mis riñones con rabia. No sabía qué me hacía sentir ajena de mí, como si yo fuera otra persona, pero al mismo tiempo algo me impedía pedir clemencia. Que le hombre me hubiera encontrado el papel fue bueno, a pesar de todo, porque eso me evitó tener que montar un cuento y defenderlo hasta que me lo hubieran desmontado y entonces, en ese momento, me había tocado decir quién era: un correo. Se ganó tiempo y me ahorré patadas.

El teniente insistió en que yo le dijera, “por las buenas”, qué decía la carta; yo le respondí que no había alcanzado a leerla. Recordé la fórmula de un amigo: yo estoy obligada a dar mi nombre y mi rango. Recibí la misma respuesta, un bofetón que me hizo sentir todos los huesos de mi cara y los de la mano de teniente. Llamó a unos soldados y le dijo al cabo: “Cuelguen a esta hijueputa chusmera de las tetas, a ver sí es tan berraca”. No sé si era amenaza o para montarla de fiero, o que no encontraron con qué colgarme, pero el caso fue que no me las tocaron ni para bien ni para mal. Sin embargo, me amarraron los brazos por detrás, echaron una soga por encima de una viga y templaron.

De una quedé guindada, las manos por detrás, a la altura de la nuca, y sostenida en la punta de los pies. Un centímetro más arriba y me hubieran despresado. El teniente se arrimó, me alzó por las piernas, me subió y me soltó. El golpe se recibe en los hombros por dentro, en la columna, en el cuello, en los codos. Un dolor terrible, seco, regado por atrás. Grité y el hombre repitió la dosis. Yo pensé que no resistía dos mecidas de esas, que a la siguiente perdía el sentido. Pero no. Ellos sabían donde apretar sin dejar marca. Volvió a subirme y a soltarme. No una sino varias veces, y por último dijo: “Déjenla guindada alto, hasta que escurra lo que trae por dentro”. Lo primero que se duermen son los brazos, pero no dejan de doler; luego el cuello y los hombros y por último la columna. Uno siente cómo se van desordenando los huesos, cómo ceden las coyunturas, cómo se interrumpe el resuello, cómo la sangre comienza a no llegar a la cabeza, hasta que deja uno de oír sus propios alaridos. Al final sentó que el piso del mundo se me caía contra la cara.

Volví en mí cuando abrí los ojos frente a unos zapatos brillados, lisos y negros. Un sargento bien compuesto me preguntaba si me dolía la cabeza. En realidad no sabía si me dolía, porque no la podía ubicar. EL hombre tenía una manera suave de tratarme. Comenzó a llamarme “animalito de monte”, un nombre bastante ridículo pero que en aquellas circunstancias sonaba muy amable. Poco a poco fui volviendo en mi cuerpo, o a lo que podía sentir de él. Los brazos se demoraron más en llegar y el dolor en los hombros era insoportable. Me preguntó cómo me llamaba, de dónde era, cómo me habían detenido y cómo me habían tratado. Me aclaró que era de la Procuraduría Delegada para las Fuerzas Armadas y que su objetivo era saber sólo cómo había sido el trato. Le conté y me puse a llorar como su hubiera encontrado a mi mamá. Cuando ya había soltado todo y la esperanza de que las cosas iban por buen camino, apareció el teniente con la pregunta de antes: “¿Qué decía la carta?” Me dijo: “Usted puede escoger, usted ya saber de qué se trata una y otra cosa. Por las buenas, la libertad; por las malas, la soga. Usted es libre de escoger”.

Tengo que confesar que en ese momento, si yo hubiera sabido qué decía la carta, hasta digo. Uno no es dueño de sus miedos ni de sus dolores, pero yo no sabía lo que decía el papel ese. Pensé que inventando podía salir del problema y entonces volvió el sargento bueno y comenzó a interrogarme. El teniente a gritos, el sargento con amabilidad. Me estaban partiendo en dos. Lo grave de hablar algo es que ellos no saben hasta dónde sabe uno, o mejor, ellos siempre creen que uno sabe más, y tiran a sacárselo a la fuerza, y a la fuerza van haciendo lo mismo que Delgado: por borrar una cagada hacen otra, hasta que dejan el hueso y como no hay procuraduría, uno sale desaparecido. Por eso en el fondo me daba más miedo el bueno que el malo.

El teniente se fue desesperado conmigo. Los tenientes son peligrosos porque quieren ganar condecoraciones rápido, quieren ascender y el orden público es su oportunidad. Lo que no hacen antes de ser capitanes después les queda más difícil. Por eso quieren ganar méritoscon dolores ajenos y mi teniente estaba decidido a salir de capitán. Me amarró frente al sargenteo, cruzó la soga por la viga y comenzó a jalar. El sargento me vendó y volvieron a la misma cosa: ¿qué decía la carta? Yo volví a sentir lo mismo hasta que conté lo que sabía, que no era mucho. Lo que me parecía clave lo guardé muy bien guardado, porque hacía parte de mi corazón y porque la vida de los muchachos estaba en juego. Resolví entonces acusarme yo misma para pagar así mi confesión. El teniente había ganado a costa de su propia indignidad.

Me fui recuperando muy despacio. Pasé en el batallón más de un mes, hasta que un delegado de Derechos Humanos me ubicó y pidió mi libertad condicional. A mí me hicieron confesar contra mí, pero no me habían montado ni un sumario. A nadie habían detenido y la información que les di es la misma con que he armado este cuento. Salí del batallón un lunes 6 de agosto. El jueves estaba entrando otra vez al Sumapaz. Llovía y yo comencé a meterme en una congoja que venía en contravía. No tenía por qué estar triste habiendo salido libre, pero una lloradera que me salía de adentro, de más adentro que siempre, me tenía derrotada. En El Confín me quedé una noche. Los muchachos estaban alegres con verme y sus chanzas me borraron la pendejada que yo cargaba. Pero al día siguiente volvió la misma suspiradera tan pronto me despedí de ellos y me boté loma abajo. Cada paso que daba me hundía más. Yo decía para mis adentros: “No he hecho nada malo, no he matado, no he traicionado, no he mentido, ¿Será que le pasó algo a mi gente? ¿Será que a los viejos y al niño les sucedió algo malo?” Trataba de distraerme en el camino, con los recuerdos, con los pensamientos, pero nada, siempre volvía a caer en el mismo sitio. Corrí por esas lomas haciendo derechazos, acortando el camino, como si tuviera una cita, como si alguien me estuviera esperando para irse.

Y así fue. Tal cual. Llegando a Ucrania había un retén. Los guerreros dizque a no dejarme pasar. Me dijeron: “Hay órdenes de no dejar entrar a nadie”. Estaban serios, muy serios. La cosa era grave. Algo había pasado. Nunca antes se había visto que en territorio de uno, los mismos de uno no lo dejaran pasar. Yo pregunté, pero no me dijeron nada. Me contestaron que habían recibido la orden sin más.

Yo me hice la pendeja y me guindé de un palo a esperar. Pedí permiso para irme a bañar, y como no me acompañaron, decidí desobedecer y subirme río arriba.

Trepé por los barzales como poseída. El lagrimeo se cambió por rabia. Desde lejos alcancé a ver que en El Pueblito había movimientos raros. Pensé en que se había entrado la chulada, pensé que habían decretado la invasión, pensé que Marulanda se estaba despidiendo, pensé que estaban en consejo de guerra. ¡Qué no pensé! Lo que no pensé fue lo que había pasado: Jacobo acababa de morir.

El Secretariado se había reunido aquel viernes como todos los días. Jacobo estaba igual que siempre, mamando gallo, dando órdenes, discutiendo. Pero de un momento a otro se paró de la mesa sin motivo y trató de salir de la salita donde estaban hacia su alcoba. En la puerta dobló. Alfonso alcanzó a sostenerlo, pero como era un hombre grande, le ganó el peso. Cuando Jacobo llegó al suelo estaba muerto. No hizo un gesto de dolor ni alcanzó a decir una sola palabra. Se fue sin despedirse. A mí la lloradera me aumentó al pensar que el viejo me venía diciendo adiós desde que entré al Confín. Y que yo había sido la única que, sin entender, sabía que el viejo nos dejaba.

No salí del llanto en muchos días. No volví a hablar con nadie hasta que el camarada Raúl Reyes, una semana después, me llamó a rendir cuentas. Le conté la misma historia que ahora firmo de mi puño y letra.

Melisa

Tomado de P. Pozzi y C. Pérez (Ed). Historia oral e historia política. Izquierda y lucha armada en América Latina, 1960-1990, pp. 117-157.

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