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Entre la tristeza y la alegría

Español
Autor: 
Katerin Avella Daza, Caño Indio, Tibú

Viajar a Valledupar. Ver  y reconocer mi familia, era algo que me tenía en ascuas, desde que tenía la libertad de hacerlo. Llevaba nervios y angustia. En el bus sólo pensaba en mi padre, era a él a quien no sabía como aparecérmele después de tantos años de ausencia. 82 años pesan y temía que no me reconociera. Llamé a mis hermanas y les dije: Vayan preparando a mi papá, díganle que voy a ir.

No quiero detenerme en todo lo que sentí cuando llegué y vi un grupo de gente que no identificaba. Una serie de muchachos se me lanzaron al cuello llamándome tía.

Luis Donaldo, José Enrique, David Enrique, Roberto Carlo, José David… al principio no sabía quien era quién, únicamente identificaba a Karen, por ser la única mujer del grupo.

Lloramos, reímos, hablamos. Cuando se evaporaron las lágrimas, la risa desapareció y las palabra se diluyeron, pregunté: ¿cuándo vamos a ver a mi papá?

Llegó el momento. Entramos a la casa. Iba en la retaguardia. Él estaba en la cocina y me quedé detrás de la pared. Mis hermanas lo saludaron  de manera normal. De pronto aparecí. Nos miramos por largos segundos, noté el aguado de sus ojos y mi corazón comenzó a latir fuerte. ¡Me había reconocido! Nos abrazamos sin mediar palabra en un silencio largo y sollozo lánguido.

De pronto escuché que pronunció dos palabras. Dos palabras que no escuchaba desde niña cuando me dormía en su regazo chupando dedo. Dos palabras que llevo como marca indeleble en mi alma. Dos palabras que me indicaron en toda su magnitud que nunca me había dejado de querer. Dos palabras que estremecieron todo mi ser. Dos palabras… Dos palabras con las cuales, yo me quedé sin ellas: Mi muchachita.

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