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El legado de Alfonso Cano

Español
Autor: 
Matías Aldecoa

Homenaje al comandante guerrillero con ocasión de conmemorarse 8 años de su asesinato.

La arco de vuelo del Black Hawk y la poca altura que traía nos obligó a recoger todos los elementos y abandonar al campamento. Emprendimos la marcha y llegamos tarde la noche a un lugar en que nunca habíamos estado para resguardarnos. Al día siguiente supimos que eran vuelos extensivos. La masiva operación se concentró en un punto cordillerano, al costado occidental de la meseta de Popayán. Lo supimos por las primeras noticias del día 5 de noviembre que comentaban la muerte en la noche anterior del máximo comandante de las FARC. El dolor y la aflicción envolvió como un remolino el ambiente del campamento. ¡Nuestro máximo jefe fue abatido!

En comandante Cano había asumido la comandancia de las FARC al faltar el legendario jefe guerrillero Manuel Marulanda Vélez, cuando la organización insurgente completaba 44 años de estar levantada contra el Estado. En esa primera década del siglo XXI la guerra se caracterizó como nunca por una marcada asimetría, debida a la desproporción de medios de guerra dispuestos por el Estado a través del Plan Colombia.

Aún con lo aplastante de las operaciones de la Fuerza Pública, las FARC pudo en tiempo prudencial ajustarse nuevamente a la táctica guerrillera que había sido sustituida paulatinamente por una especie de guerra de movimientos, acorde con la dinámica bélica adquirida en los años 90, cuando en algunas regiones su capacidad de fuego se acercaba a la de las Fuerzas Militares.

En el momento que Alfonso asume la conducción de la organización en 2008, algunos bloques ya cosechaban innumerables éxitos militares atacando con pequeñas unidades y retirándose pronto, manteniendo la movilidad y empleando de forma intensiva una robusta artillería artesanal de invención propia, es decir, llevando al punto más alto la táctica de guerra de guerrillas practicada y exigida desde siempre a sus tropas por Manuel Marulanda. Con este tipo de guerra las FARC logró quebrantar la moral de combate de la Fuerza Pública, lo que fue decisivo para que la élite política y la cúpula militar aceptaran la vía del diálogo para finalizar la guerra.

Cuando Juan Manuel Santos resultó electo presidente de la república en 2010, Alfonso Cano grabó un sentido mensaje en el que decía: “aquí nadie está amilanado …”. Esta frase que henchía de moral, cohesión y decisión de combate a la guerrillerada no era una proclama guerrerista ni vacía. Iba acompañada de una urgente propuesta de diálogo y concertación: “…que nos digan qué hay que hacer…”, clamaba en la misma alocución.

El jefe guerrillero siempre estuvo convencido que para sacar a Colombia de la crisis era irremediable recorrer el camino de la solución política. Así lo plasmó en uno de sus escritos: “La profunda crisis nacional, debe solucionarse por las vías políticas”. Aunque también advertía sobre la desconfianza que había que mantener en la clase política colombiana, porque cuando la “mayoría ha querido irrumpir y participar decisoriamente en los rumbos estratégicos de la nación, la han agredido, la han violentado, no le han permitido FORJAR SU PROPIO DESTINO”.

Sin embargo, esa desconfianza era superada por la inmensa confianza que tenía en la capacidad de organización y lucha de las clases populares, condición que siempre consideró indispensable para avanzar hacia los cambios democráticos. Como cuando escribió: “… somos conscientes que el recorrido que nos ha de conducir a ese objetivo (el socialismo) debe ser decidido, labrado, luchado y construido por las mayorías. Sin ello, será imposible salir de la crisis nacional”.

Se manifestaba convencido de que Colombia podía cerrarle las puertas a la guerra civil. Su voluntad de paz quedó plasmada cuando en el mismo mensaje enviado a Santos pronunció: “Lo que estamos en disposición de analizar es hasta que punto en Colombia necesitamos seguir combatiendo con las armas en la mano para que haya democracia y para poder abrirle paso a una nueva Colombia. Eso lo podemos discutir…”.

Su disposición manifiesta a dejar las armas era consecuencia del convencimiento de que había que transformar sustancialmente el Régimen Político y el aparato del Estado, del cual afirmaba que “rige los destinos del país (y) se levanta sobre la violencia, la mezquindad y la inmoralidad”.

Ese régimen violento se vale de la guerra para imponer los intereses de la oligarquía. En su texto “Qué Estado necesita Colombia” cita las palabras de Manuel Marulanda del 7 de enero de 1999: “Han declarado la guerra al pueblo para someterlo a la antidemocrática política neoliberal impidiendo (…) la presencia de nuevos partidos en el escenario de la política nacional”.

Su idea de solución política al conflicto debía llevar tarde o temprano a la instauración de un nuevo Gobierno que generara las condiciones democráticas para reconciliar a Colombia, como base para avanzar hacia el fin estratégico. Porque “logrando los objetivos democráticos (…) estaremos más cerca de la meta de una Colombia (…) sin desigualdad”.

Es una tragedia que en Colombia se elimine a quienes poseen la capacidad de interpretar y conducir al país por el camino de la democracia con justicia social. Al presidente Santos no le importó que Alfonso fuera su principal interlocutor en la etapa exploratoria de los diálogos de La Habana para asesinarlo cuando fue hecho prisionero y se encontraba indefenso. Tampoco le perdonó que encarnara una idea de país próspero y soberano, en el que el pueblo trabajador jugara un papel protagónico. Qué diminuta valía la del aristócrata gobernante frente a la elevada estatura intelectual, política y humana del jefe guerrillero.

Noviembre 4 de 2019

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