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El Conflicto nos separó, el Acuerdo nos reunió

Español
Autor: 
Isabela Sanroque

En medio de dudas y recelos, nos encontramos por casualidad en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, con la señora Gladys Acevedo, presidenta e impulsora de la fundación “Color y esperanza por nuestros héroes”. Acudimos al espacio con Leidy Sarmiento, para conversar sobre la memoria histórica de las mujeres farianas.

Cuando escuchamos la palabra “héroes”, recordamos con indignación la consigna y el ideario de la “Seguridad Democrática”, no es fácil escuchar al adversario, ni es fácil encontrar los puntos en común, reflexionamos posteriormente.

En el primer encuentro, las cosas fluyeron, conocimos a una mujer indígena, pobre, crítica del abandono estatal a las víctimas y con la firme voluntad de reivindicar a su hijo, un soldado regular muerto.

En esa conversación entendimos, que para estas mujeres, lejanas de odios y venganzas, había una historia dolorosa, de hijos que partieron a una guerra en defensa de la clase poderosa, reclutados en batidas, o que voluntariamente se unieron al ejército por admiración o por falta de oportunidades.

Se fueron agrupando unidas por el dolor inmenso que les dejó la pérdida de sus hijos o esposos, no comprendían muy bien las causas de la guerra, estaban sobreviviendo en medio de dificultades económicas y coincidían en la necesidad de exigir al Estado reparación, dignidad para sus seres queridos, verdad y apoyo psicosocial a sus familias.

No conocían nada de la JEP, ni del Acuerdo de Paz, así que nos dimos cita para hablar del tema, entre cafés y charla, nos fuimos conociendo, la imagen deshumanizada que tenían de las FARC, los “victimarios”, se fue trasformando en las “muchachas de la rosa roja”. Entramos fácilmente en confianza, entendiendo que tal vez no es posible tener puntos en común sobre la “política”, pero que irremediablemente nos ata el duelo que hemos sentido tras la guerra como familia colombiana.

A ellas las cuestionaba otra gente por hablar con los “asesinos de sus hijos”, a nosotras por “darle altura” al ejercito. No es fácil entender la reconciliación real, el sentido de encontrarse con el adversario, lo demostró claramente La Mesa de La Habana. Rápidamente entendimos que no estábamos en orillas distintas, como mujeres, como pobres, como luchadoras y comprometidas con la Paz.

Las invitamos a desayunar en el Congreso, lloramos juntas, contamos anécdotas, conocimos las agendas de papel reciclado que elaboran como emprendimiento para sacar adelante su fundación. Organizamos el acto público, para decirle al país; es posible la reconciliación...

Su clamor por la paz es tan auténtico, tan legítimo. Jamás se compara con el mensaje de odio y la sed de violencia que inunda los discursos de la clase política dirigente, que no solo se ha beneficiado de la guerra, si no además que profundiza cada vez más las causas del conflicto.

Seguiremos encontrándonos, buscando alternativas y sobre todo agitando la consigna: Ni un hijo más para la guerra!

Este proceso no salió por los medios de comunicación, no es noticia para ellos. Están ocupados cubriendo la crisis vecina.

 

 

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